Me acerqué, me arrodillé junto a ese hombre. Tres cuartas partes de su rostro estaban cubiertas de un vendaje, y me di cuenta en seguida de que no podríamos hablar, ya que tres cuartas partes de la boca estaban afectadas. Entonces me invadió un sentimiento de impotencia radical y me pregunté qué había venido a hacer yo ahí. Yo no sabía nada de ese hombre y era evidente que no podríamos hablar. Y en ese sentimiento de impotencia, tomé la mano de ese hombre y le dije lo que yo sentía. Le dije que estaba indefensa, que no sabía de verdad cómo ayudarle, que sentía que él debía estar cansado, de estar enfermo y que quizás tenía ganas de irse. Después de haberle dicho eso, simplemente me quedé ahí diciéndole: Yo creo que lo único que puedo hacer es quedarme aquí un momento con usted, dándole lo único que puedo darle, es decir un poco de mi presencia.
María de Hezzenell (Psicóloga, experta en cuidados paliativos durante más de 20 años).