Cuando muere alguien importante para una familia, todos pierden a la misma persona. Pero no todos pierden lo mismo.
Una mujer puede haber perdido a su esposo. Sus hijos, a su padre. Sus nietos, al abuelo que los esperaba cada domingo. Un hermano pierde a quien conoció desde la infancia y un amigo, al compañero con quien compartió una parte fundamental de su vida.
La persona que murió es la misma. El vínculo con ella, no.
Por eso, dentro de una misma familia pueden aparecer maneras muy diferentes de vivir el duelo. Comprenderlo puede evitar que, en medio del dolor, terminemos haciéndonos daño unos a otros precisamente cuando más necesitamos acompañarnos.
«Parece que no le importara»
Después de una pérdida es frecuente observar cómo reaccionan los demás.
Uno llora constantemente, otro vuelve rápidamente al trabajo, alguien necesita hablar de quien murió y otra persona cambia de tema cada vez que se menciona su nombre.
Entonces pueden aparecer los juicios:
«¿Cómo puede estar tan tranquilo?» «¿Por qué no quiere hablar?» «Parece que ya lo olvidó.»
Pero el dolor no siempre se ve.
Hay personas que expresan lo que sienten hablando y llorando. Otras necesitan mantenerse ocupadas para poder sostenerse. Algunas procesan el dolor en silencio y otras necesitan compartirlo una y otra vez.
Ninguna de estas conductas, por sí sola, permite saber cuánto amaba una persona.
Cada uno tenía una relación diferente
Incluso entre hermanos que pierden a un mismo padre o una misma madre, el duelo puede ser completamente distinto porque cada hijo construyó su propia relación.
Uno quizá fue especialmente cercano. Otro pudo haber tenido conflictos pendientes. Uno vivía en la misma ciudad y compartía la vida cotidiana; otro estaba lejos y mantenía una relación diferente.
También influye el momento de vida en el que cada persona se encuentra. No vive igual la muerte de un padre quien está criando hijos pequeños que quien acaba de jubilarse. Tampoco quien cuenta con una red de apoyo sólida que quien atraviesa otras dificultades al mismo tiempo. Por eso comparar duelos casi nunca ayuda.
A veces el dolor también genera conflictos
Después de una muerte aparecen muchas decisiones : Qué hacer con las pertenencias, cómo organizar las ceremonias, quién se encargará de determinados asuntos, cuándo guardar la ropa, qué conservar, incluso cómo recordar a la persona.
Estas decisiones aparentemente prácticas pueden estar cargadas de una enorme emoción.
Para alguien, guardar una prenda puede significar aceptar una realidad para la que todavía no está preparado. Para otro, ordenar las cosas puede ser precisamente la manera de comenzar a asimilar lo ocurrido.
Ninguno necesariamente está equivocado sino que están intentando atravesar el dolor con los recursos que tienen.
Acompañar también significa respetar los tiempos
Cuando queremos ayudar a alguien podemos sentir la tentación de decirle qué debería hacer.
«Tienes que salir.» «Ya no pienses tanto.» Deberías guardar sus cosas.» «Tienes que ser fuerte por tus hijos.»
Aunque estas frases suelen nacer del cariño, pueden hacer que la persona se sienta incomprendida. Acompañar no siempre consiste en impulsar al otro. A veces consiste en preguntarle:
¿Qué necesitas hoy?: Quizá necesite hablar, quizá quiera compañía. o quiera estar solo.
Respetar esas diferencias también es una forma de amar.
El duelo de quien parece más fuerte
En muchas familias aparece una persona que se encarga de todo: es la que organiza, resuelve, acompaña a los demás, hace trámites, recibe a las visitas. y todos piensan: «Qué fuerte es.»
Pero quien sostiene a los demás también necesita ser sostenido. A veces el duelo de estas personas aparece después, cuando termina la urgencia y la casa vuelve al silencio. Por eso es importante mirar también a quien aparentemente está bien.
Una pregunta sencilla puede abrir una puerta: «¿Y tú cómo estás?»
Los niños y adolescentes también viven el duelo
Los adultos, intentando protegerlos, a veces evitan hablar de la muerte; sin embargo, los niños perciben las ausencias, los cambios y el dolor de quienes los rodean y necesitan explicaciones adecuadas a su edad, espacios para preguntar y, sobre todo, permiso para recordar.
Los adolescentes pueden expresar el duelo de maneras que desconcierten a los adultos: aislándose, buscando más a sus amigos, mostrándose irritables o retomando rápidamente sus actividades; también ellos necesitan ser acompañados sin imponerles una única forma de expresar el dolor.
Hablar de quien murió puede unir a la familia
Con el tiempo, recordar juntos puede convertirse en una manera de reconstruir el vínculo familiar ; contar anécdotas, mirar fotografías, preparar una comida que esa persona disfrutaba, recordar alguna de sus frases, rezar juntos, visitar el lugar donde descansa, cada familia encontrará sus propios rituales.
Hablar de quien murió no significa quedarse atrapado en el pasado. Muchas veces significa reconocer que esa persona sigue formando parte de la historia compartida.
La fe también puede vivirse de maneras diferentes
Incluso dentro de una familia creyente, la muerte puede provocar reacciones espirituales distintas:
Alguien puede encontrar inmediatamente consuelo en la oración, otro puede sentirse enojado con Dios, alguien puede necesitar ir a Misa y otro quizá no encuentre todavía palabras para rezar.
La fe no debería convertirse en una medida para juzgar cómo está viviendo el duelo otra persona. La esperanza cristiana puede sostenernos, pero cada corazón necesita su propio tiempo para reencontrarse con ella. A veces, cuando no podemos rezar, otros pueden hacerlo por nosotros.
Una familia no necesita vivir el duelo de la misma manera para permanecer unida
Una familia puede convertirse en uno de los mayores espacios de consuelo durante el duelo cuando sus miembros dejan de preguntarse quién está sufriendo correctamente y comienzan a preguntarse cómo pueden acompañarse.
Porque el amor compartido por quien partió puede seguir siendo también un lugar de encuentro.
En Fuente de Paz creemos que recordar juntos, orar y encontrar espacios donde cada persona pueda vivir su proceso ayuda a las familias a atravesar la ausencia sin sentirse solas.
No todos caminamos de la misma manera, pero podemos caminar juntos.