UNA CUESTIÓN DE CONFIANZA Y OPTIMISMO
La esperanza tiene que ver con un acto de confianza o adhesión a la vida. Confiamos en que el sol amanecerá mañana, como hace cada día, sin que la posibilidad de que no sea así nos intranquilice. Y, cuando de niños nuestro padre nos subía de repente a sus hombros, no sentíamos miedo. Desde esa altura casi vertiginosa contemplábamos el mundo admirados y divertidos.
Solemos decir queno puede vivirse sin esperanza porque esta forma parte del proceso de la realidad, es una de las energías que la hace posible. Según Julio Cortázar: «La esperanza le pertenece a la vida, es la vida misma defendiéndose».
Nos gusta vivir esperanzados, porque así lo bueno que nos sucede adquiere mayor relevancia, lo degustamos con mayor fruición pensando que nunca se acabará, a la par que imaginamos que lo malo no durará siempre y pronto se tornará en algo agradable.
La esperanza es un bien, ya que permite vivir con alegría y optimismo a la vez que nos ayuda a seguir adelante a pesar de los momentos de incertidumbre y dolor.
También tiene que ver con la capacidad de optimismo que tenemos. Aunque es cierto que, según el carácter, algunas personas están más abiertas que otras a la esperanza. Piensa el pesimista que el optimista exagera en su visión amable del mundo, y cree el optimista que el pesimista solo ve el lado sombrío de las cosas creyéndose bien informado.
Lo mejor es cultivar un optimismo moderado pero constante respecto al aprecio por el mundo y sus habitantes. O, si se prefiere, un ligero pesimismo esperanzado: las cosas no están en el fondo tan mal como parece.