Podemos ser adultos independientes, haber formado una familia, tener responsabilidades y haber atravesado muchas dificultades y sin embargo, después de la muerte de alguien profundamente significativo, podemos sentir algo inesperado:
una enorme necesidad de protección.
Algunas personas incluso lo describen diciendo: “Me siento como un niño”.
No es extraño.
Una pérdida importante puede tocar emociones muy antiguas relacionadas con la seguridad, la separación y la manera en que aprendimos a afrontar el dolor.
La infancia es nuestra primera escuela emocional
Mucho antes de poder explicar lo que sentíamos, aprendimos cómo funcionaba el mundo emocional observando a quienes nos rodeaban, aprendimos si era posible llorar. si alguien acudía cuando teníamos miedo, si podíamos pedir ayuda, si mostrar tristeza era aceptado o si debíamos contenernos y continuar.
Estas experiencias no determinan completamente nuestra vida adulta, pero pueden influir en la manera en que reaccionamos ante situaciones de gran vulnerabilidad.
Y pocas experiencias nos hacen sentir tan vulnerables como la muerte de alguien que amamos.
El duelo puede despertar antiguos miedos
Una persona que normalmente se siente segura puede comenzar a experimentar miedo a quedarse sola después de una pérdida. Otra puede preocuparse excesivamente por que algo les suceda a otros miembros de la familia.
Alguien que siempre ha sido muy independiente puede necesitar compañía con una intensidad que no reconoce en sí mismo. No significa que haya dejado de ser adulto.
Significa que la pérdida ha afectado su sensación de seguridad.
También aprendimos maneras de protegernos
Nuestra infancia no solo influye en lo que sentimos. También puede influir en cómo respondemos al dolor.
Quien aprendió desde pequeño que debía resolver sus problemas solo puede tener dificultades para pedir ayuda.
Quien recibió el mensaje de que llorar era una señal de debilidad quizá intente controlar permanentemente sus emociones.
Quien tuvo que cuidar de los demás desde muy joven puede pasar todo el funeral preocupado por el bienestar de la familia y dejar su propio dolor para después.
Estas respuestas pueden haber sido útiles en otros momentos de la vida, durante el duelo, sin embargo, conviene preguntarnos si todavía las necesitamos.
“Tengo que ser fuerte”
Es una de las frases que más aparecen después de una muerte.
“Tengo que ser fuerte por mis hijos.”
“Tengo que ser fuerte por mi madre.”
“Si yo me derrumbo, todos se derrumban.”
Existe una diferencia importante entre asumir responsabilidades y creer que no tenemos derecho a sufrir.
Podemos cuidar de otros y necesitar cuidado.
Podemos continuar con nuestras obligaciones y llorar.
Podemos ser adultos capaces y reconocer que una pérdida nos ha dejado temporalmente vulnerables.
Una cosa no contradice la otra.
Conocer nuestra historia puede ayudarnos
El objetivo no es buscar explicaciones para cada emoción en nuestra infancia ni convertir cada reacción dolorosa en un problema psicológico, se trata de observarnos con mayor comprensión.
Podemos preguntarnos:
¿Qué hago cuando tengo miedo?
¿Me resulta fácil pedir ayuda?
¿Intento ocultar mi tristeza para no preocupar a los demás?
¿La pérdida ha despertado algún miedo que ya conocía?
Estas preguntas pueden ayudarnos a comprender mejor nuestra manera de vivir el duelo.
Somos nuestra historia, pero también podemos construir algo nuevo
La infancia deja huellas, pero no escribe inevitablemente nuestro futuro.
La vida adulta también nos ofrece relaciones, aprendizajes y experiencias capaces de modificar nuestra manera de afrontar el dolor.
Podemos aprender a pedir ayuda aunque antes nunca lo hiciéramos, podemos permitirnos llorar aunque nos enseñaran a contenernos y descubrir que existen personas dispuestas a permanecer a nuestro lado.
Volver a necesitar no significa retroceder
Quizá una de las experiencias más desconcertantes del duelo sea sentirnos frágiles cuando durante años nos consideramos fuertes; pero la fortaleza no consiste en dejar de necesitar a los demás.
Somos seres vinculados.
Necesitamos amar y también necesitamos sentirnos amados, especialmente cuando atravesamos una pérdida; para quien vive la fe, incluso puede aparecer otra experiencia de refugio: descubrir que en medio de la ausencia todavía existe un lugar donde descansar el dolor, confiar y esperar.
En Fuente de Paz creemos que acompañar también significa respetar esa vulnerabilidad. No para permanecer en ella, sino para ayudar a que, poco a poco, la persona vuelva a encontrar seguridad y esperanza